Te traigo el Ojo de Horus, para que tu corazón pueda alegrarse ...

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viernes, 15 de enero de 2010

TOMÁS DE KEMPIS. IMITACIÓN DE CRISTO

PARTE PRIMERA
CONSEJOS ÚTILES PARA LA VIDA ESPIRITUAL
Capítulo: II

SINCERO CONCEPTO DE SÍ MISMO
1. Todas las personas, por supuesto, buscan tener conocimientos pero ¿de qué sirve la ciencia sin el respeto a Dios?
Con seguridad es mejor el campesino humilde sirviendo a Dios que el engreído intelectual que estudia el Cosmos
olvidando el propio conocimiento.
El que bien se conoce a sí mismo acepta sus limitaciones y no se complace con las alabanzas que le puedan dirigir.
Si conociera todo lo que existe en el mundo pero no viviera en el amor ¿de qué me serviría ante Dios que tendrá que juzgarme por mis actos?
2. Tranquiliza tus deseos de saber demasiado porque a veces hay en ellos gran estorbo y engaño. A los intelectuales les gusta hacerse notar y aparecer como sabios.
El conocimiento de ciertas cosas poco o nada aprovecha al espíritu y es ignorante quien prefiere atender a ellas descuidando las que sirven a su salvación.
La abundancia de palabras no sacia el alma pero la vida honesta refresca la mente y la conciencia pura nos da gran confianza en Dios.
3. Mientras más y mejor conozcas serás más seriamente juzgado, si no vives santamente.
No te creas superior a otros por la habilidad que tengas en cualquier arte o ciencia sino más bien teme por los conocimientos que te dieron.
Si consideras que muchas cosas sabes y que las entiendes suficientemente
considera igualmente que son muchas más las que no conoces.
“Así que no seas soberbio y anda con cuidado” (Rm 11,20) más bien confiesa tu gran ignorancia.
¿A quién te vas a preferir habiendo tantos maestros y expertos en las normas mejores que tú?
Si quieres aprender y saber algo verdaderamente útil esfuérzate porque no te conozcan ni te consideren.
4. Ésta es una profunda y utilísima lección: el auténtico conocimiento y la justa valoración de sí mismo.
Gran sabiduría y perfección es pensar bien reconociendo lo bueno de los demás
y ver las propias limitaciones.
Si vieras a alguien pecar públicamente o perpetrar graves delitos no deberías estimarte mejor que él ya que tú mismo ignoras por cuánto tiempo más podrás comportarte correctamente.
Todos somos frágiles pero tú no consideres a nadie más frágil que a ti mismo.